Todo investigador trabaja con pocas esperanzas de tener un éxito editorial. Los que buscan con constancia y tenacidad, la mayoría de los que siguen una pista histórica de algo olvidado u oscuro para ellos, solo pueden encontrar la satisfacción de haber aportado su mucho trabajo, pero raras veces será un “bestseller”. La obra que reseñamos produce al leerla la sensación de que la constante persecución clerical enviando a tantos a la cárcel por sus ideas religiosas no podía ocurrir en España. Pero es el relato documentado y sencillo de la persecución clerical a los protestantes lo que sobresale. La construcción del relato histórico en el campo católico siempre fue el insulto y la humillación con el propósito de la erradicación como ocurrió en la Reforma del siglo XVI. Esta narración de Lucía demuestra que en la mayoría de los casos la construcción preestablecida por el clericalismo no tenía ni siquiera la semilla de verdad.
El historiador, en este caso la historiadora Lucía González, ha buscado documentos, también ha realizado trabajo de campo, ha profundizado en cada detalle haciendo que el protestantismo albaceteño se haga universal. Lucía describe muy bien las cosas pasadas. No hay ponderación proselitista, pero sabe percibir el dolor de tantos perseguidos injustamente. Relata, con documentos, los esfuerzos de los colportores para distribuir Biblias y revistas, el trajín incansable de los pastores, maestros y evangelistas, las escuelas dominicales que James Thomson estableció por todo el mundo y también en España. Durante los primeros años de la República, en España se contaban 20.000 protestantes, con 200 lugares de culto, 100 escuelas y 2 hospitales. Se consideraba que ante tanto analfabetismo la escuela normal y la dominical era necesaria, siendo el local dedicado al culto el que se usaba también para la escuela normal y de adultos. Albacete tenía una tasa de analfabetismo por encima de la media nacional, alcanzando un 75% de analfabetismo en la provincia en 1900.
El protestantismo en España fue rebajando estas cifras de analfabetos, espoleando a la iglesia católica a poner una escuela delante de nuestras capillas y haciendo que los políticos también pusieran más maestros y maestras tituladas. Es famosa la anécdota del general Prim y los mozos protestantes que entraban a filas. Preguntando Prim quien sabía leer y escribir, solo algunos levantaron la mano. ¿Quiénes son estos? - preguntó de nuevo Prim-. -Estos son protestantes. - ¡Vaya con los protestantes! - diría Prim. Las escuelas promovidas por hombres del avivamiento europeo que vinieron de misioneros a España dieron un enorme fruto, formando pastores y maestros españoles de los cuales algunos trabajaron como misioneros en otros países. Otra anécdota del General Prim podía ser esta:
“¿Son Vds. de aquellos que fueron condenados en Granada porque se decía que no eran buenos cristianos? Sean Vds. bienvenidos. Desde hoy en adelante habrá libertad en nuestra patria, verdadera libertad, y concluyó la tiranía. Cada hombre será dueño de su conciencia, y podrá profesar la fe que mejor le parezca. Ustedes pueden volver a su país en el primer vapor que salga, y están en libertad de entrar en España con la Biblia bajo el brazo, y predicar las doctrinas en ella contenidas ". (Palabras del General Prim, según las anotó Juan Bautista Cabrera en 1868 en su Diario).
Todos estos datos aparecen en el libro “La capilla protestante” de Lucía González. Detrás de los datos siempre emergen otras cuestiones como la importancia de los folletos y tratados para la evangelización. Es cierto que se vendían Biblias y Nuevos Testamentos, pero dice la autora Lucía González: “La literatura evangélica era fundamental en su labor, ya que proporcionaba el fundamento para la enseñanza. Durante este primero período de 1800 a 1868, los misioneros y colportores (vendedores y predicadores) recorrían las calles y casi siempre las ferias en pueblos y ciudades distribuyendo tratados y porciones de los evangelios, además de ofrecer Biblias y Nuevos Testamentos. La Biblia era la principal fuente para la instrucción, corrección y preparación para toda buena obra. Las Sociedades Bíblicas también producían Nuevos Testamentos que se vendían a precios asequibles, facilitando su acceso. Aunque a veces se regalaban a los más interesados, se prefería mejor venderlos para otorgarles un mayor valor, que simplemente ofrecerlos gratis.
Sobre la producción de esta literatura también nos dice la autora: “Las Sociedades Bíblicas desempeñaron un papel de suma importancia en la obra evangélica española. La Sociedad Bíblica de Londres había enviado a España en 1806 varios miles de ejemplares de Biblias y Nuevos Testamentos de forma clandestina. Asimismo, la Sociedad Bíblica Escocesa, a través de sus colportores y misioneros, realizaron una importante labor de difusión de la Biblia. En octubre de 1869, llegó a Albacete, José de los Ríos, uno de los colportores de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera y colaborador del misionero inglés, George Lawrence, acompañado por el misionero Henry Paine. Salieron de Madrid vendiendo Biblias y Nuevos Testamentos y llegaron directamente a Albacete, donde afirmaron haber sido muy bien recibidos por los lugareños (Fernández Díaz, 2009)”. Es importante notar que tras el triunfo de la Revolución de 1868 la penetración del protestantismo comenzó a difundirse con más rapidez. España se llenó de misioneros y colportores patrocinados por Sociedades Bíblicas que se movían por tierras manchegas con la Biblia en la mano y que sabían explicarla. Esta parte de la historia de los colportores parece muy romántica. Vemos a unos buhoneros de la Palabra con las alforjas llenas de libros, cantando himnos, trotando de feria en feria y a veces rodeados de gente que deseaba escucharlos. Sin embargo, a veces salían apaleados, requisados sus libros de los que vivían malamente y metidos en la cárcel.
Dice Lucía González que el “año 1869 fue un período de gran entusiasmo para los evangélicos. Las Sociedades Bíblicas iniciaron un fondo especial para la impresión y distribución de un millón de evangelios en español. Las Cortes se reunieron, y aunque las fuerzas de intolerancia obstaculizaron la demanda de libertad religiosa absoluta, se concedió la tolerancia a extranjeros y españoles que habían abandonado el romanismo, lo cual abolía al menos una de las peores formas de despotismo clerical. Con la seguridad garantizada por la nueva Constitución, se observaron evidencias de crecimiento en todos los rincones de los primeros lugares de culto en Madrid, Sevilla, Barcelona, Málaga, Valladolid, Cádiz, Zaragoza, Córdoba y Cartagena. Los servicios religiosos estaban abarrotados de gente y se viajaba grandes distancias para escuchar el mensaje bíblico. La demanda de Escrituras, especialmente de Biblias completas, superó todas las expectativas. Fue leída por comerciantes y artesanos en sus momentos de ocio, y campesinos llegaron desde lugares distantes, diez o doce leguas, de pueblos conocidos por su fanatismo, para comprar dos o tres copias a la vez” (Canton, 1910, p.171). Fue sin duda el tiempo de los templos llenos. Se llegaron a comprar iglesias católicas en venta por lo grandes que eran, pero vendrían tiempos de vacas flacas y se volvieron a ver los templos casi vacíos. Después vendría la Guerra Civil y se cerrarían casi todos los lugares de culto.
La Guerra produjo no solo la merma de miembros sino también la partida de misioneros debido al cierre de locales. Los miembros desperdigados necesitaban un lugar permanente pues no se cabía en las casas en las que eran denunciados por los vecinos. El liderazgo Bíblico en Albacete sería de D. Melquiades Felipe que construyó el primer edificio que ofreció sus instalaciones a varias entidades evangélicas que dieran continuidad a la obra. Finalmente, fue la Misión Bautista de España (UEBE) la que la aceptó y se incorporó a su comunidad.
Sin embargo, -dice Lucía- el origen de la obra protestante albaceteña se debe principalmente a la acción directa de la Misión inglesa de “Doña Julia”, fundada por los hermanos Stone y conocida en un principio por “Primitiva Iglesia Cristiana”. La labor de sus misioneros fue crucial en la formación de pequeños núcleos que se reunían en domicilios particulares o en locales alquilados para el culto, siendo frecuentados por predicadores itinerantes a su paso por tierras manchegas, hasta consolidarse finalmente una congregación estable. La historia atestigua la presencia del movimiento protestante en Albacete desde finales del siglo XIX, con un notable arraigo en esta ciudad y una amplia trayectoria que se extiende hasta la actualidad. Durante décadas, la Iglesia Evangélica Bautista fue el único referente protestante en Albacete, hasta finales de los años 70, cuando se estableció la iglesia de “Filadelfia” conformada por la comunidad gitana en el barrio del Cerrico. Otras denominaciones evangélicas, como Asambleas de Hermanos, o Pentecostales, no llegaron a Albacete hasta la década de los 80, a las que, posteriormente, se sumaron otros grupos”.
Es importante considerar el atractivo que tuvo España para los misioneros británicos a pesar de la relativamente escasa respuesta dada por los españoles. El avivamiento (revival) europeo y americano surtió de misioneros competentes y preparados en diversas ciencias, llenos de entusiasmo y tenacidad, teólogos y prestigiosos escritores, aunque para algunos españoles parecieran extraños. Otros habían vendido sus negocios en sus respectivos países y dedicaron su vida a España. También eran obreros que habían misionado por medio mundo y España seguía atrayéndoles. Se piensa que quizá en ningún otro país como el nuestro hay una proporción tan elevada de obreros de pequeñas Asambleas de las Islas Británicas que estuviesen bien conectados con las diferentes sociedades misioneras. Lucía cita los misioneros asentados en Albacete de la Misión inglesa: “Helen Stedman, Ellen Heighes, Jessie Mathews, Susannah Sharpless, Annie Vaughan, Thomas W. Speare, Annie M. Ilott, Frances Young, Sarah J. Golbey, James Houston y la propia Julia Jones. Todos ellos fueron los pioneros de la obra protestante en Albacete. No todos coincidieron en el mismo tiempo, pero todos estuvieron involucrados en algún momento. Hubo presencia inglesa continua en Albacete hasta 1905”.
Es forzoso citar la “primitiva Iglesia Cristiana” fundada por las Asambleas de Hermanos de Plymounth destacando la labor de la obra misionera patrocinada por los hermanos Stone, Huntington y Julia. En un tiempo tan complicado en España irrumpirá una millonaria evangélica inglesa, doña Julia F. Stone, al frente de un batallón de misioneros y evangelistas, quienes sufrirían burlas, injurias, cárcel y sobre todo la indiferencia de la gente.
La obra que reseñamos, “La capilla protestante” de Lucía González, escrita con erudita naturalidad se lee con gusto, no hay nada rebuscado ni desmedido. El trabajo de investigación tiene fuentes que yo desconocía, como los manuscritos del colportor Antonio Manjón y el profesor D. Demetrio Nalda y alguna más, que describen el ambiente histórico y religioso albaceteño. Toda exploración de la historia local del protestantismo contribuye a tener una visión política, religiosa y social en toda España. Rescatar los documentos manuscritos, traducir lo escrito de todo lo que el protestantismo hacía con su evangelización y “propaganda” (así se decía entonces) es un trabajo fatigoso, pero tiene la recompensa de una obra como esta.