Después del monopolio católico: religión, espiritualidad y ateísmo en la España contemporánea

Cuestiones de pluralismo, Volumen 5, Número 2 (2º Semestre 2025)
15 de Diciembre de 2025
DOI: https://doi.org/10.58428/GNJQ9150

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Por Mar Griera

España ya no es un país de mayoría católica. Tampoco es un país completamente secularizado. Los matices son fundamentales para entender las transformaciones que ha vivido la sociedad en términos de religión durante las últimas décadas. El Barómetro sobre Religión y Creencias en España nos ofrece pistas para identificar y analizar los principales cambios en este ámbito.


 

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Más allá de las categorías binarias

Tener o no tener creencias religiosas emerge como una frontera que divide a la población: un 49% de personas declaran que sí tienen creencias religiosas y un 51% que no. Ahora bien, esta no es una división binaria entre católicos y ateos que separe bloques homogéneos, sino que esconde una mayor complejidad. Por un lado, vemos que en los últimos años ganan presencia las minorías religiosas, con un 8% de la población que se reparte entre cristianos evangélicos, musulmanes, testigos de Jehová, budistas o judíos, entre otros. A la vez, quienes se identifican como católicos son un 46%, pero, como veremos más adelante, esta adscripción se expresa de múltiples maneras —desde una participación devota en el catolicismo hasta una identificación light en términos culturales. Por otro lado, hay un 42% de la población que no se atribuye ninguna identidad confesional, es decir, que dice que no es miembro de ninguna religión. Pero en esta categoría también hay matices que conviene tener en cuenta: los ateos —aquellos que niegan la existencia de Dios— son un 11%, mientras que el resto se reparte entre indiferentes (17%) y agnósticos (14%).

Por tanto, a primera vista, el Barómetro confirma las intuiciones que desde hace unos años ya apunta la sociología de la religión: el paisaje religioso ya no puede describirse en términos binarios —ser católico o ser ateo— sino que nos encontramos ante una realidad cada vez más compleja y fragmentada.

El desdoblamiento de la religión: trascendencia e identidad

Al analizar los datos, hay dos elementos que pueden parecer paradójicos a primera vista y que conviene explicitar. En primer lugar, los datos muestran que el hecho de tener una identidad confesional —como católico, evangélico o musulmán— no implica que automáticamente se afirme tener creencias religiosas. Las cifras no son banales. Un 26% de las personas que dicen pertenecer a una religión no se consideran personas espirituales o interesadas en lo sagrado. Es decir, muestran adscripciones a la religión de corte cultural e identitario más que vinculadas a la experiencia cotidiana de la fe religiosa. La religión actúa, así, como marcador de pertenencia a una comunidad de memoria y cultural, pero no se traduce en formas de práctica y creencias religiosas. Es un tipo de vivencia que aumenta en contextos de secularización (Grace Davie, 2000) y también en entornos de mayor diversidad religiosa: ante “el otro religioso”, la movilización de la pertenencia religiosa como factor identitario gana fuerza, a veces como elemento reaccionario.

Por otro lado, también conviene enfatizar la situación inversa: no ser miembro de ninguna confesión religiosa no te convierte automáticamente en ateo. Un 40% de los agnósticos afirman creer en algún tipo de realidad espiritual o fuerza vital, y un 16% cree en el poder de la naturaleza y la madre tierra. Entre los indiferentes este porcentaje es menor pero también significativo. Es decir, hay un buen número de personas que, sin pertenecer a ninguna confesión religiosa, afirman considerarse personas espirituales. Asimismo, un 40% de la población afirma creer mucho o bastante en las energías, un 21% en la astrología o un 15% en la videncia. Es decir, emerge una espiritualidad heterodoxa que busca la trascendencia desvinculada de las instituciones religiosas tradicionales; no es mayoritaria, pero va ganando presencia en las últimas encuestas, tanto a nivel español como europeo.

La secularización como proceso plural: género, generaciones y territorio

La secularización avanza de forma gradual y continuada, pero no es un proceso uniforme. En las franjas más jóvenes, la religión institucional ha perdido peso como referente vital: un 61% de los jóvenes se declaran no religiosos. Pero, como ya hemos mencionado, este “no religioso” no equivale necesariamente a definirse como ateo: casi cuatro de cada diez jóvenes afirman creer en alguna fuerza espiritual o energía vital, y cerca de un tercio confía en la astrología o en la posibilidad de la reencarnación. Lo que se desvanece no es tanto la búsqueda de trascendencia, sino la capacidad de las instituciones religiosas tradicionales para convertirse, a ojos de los jóvenes, en referentes legítimos en la búsqueda de sentido. La cultura del do it yourself también impregna el terreno espiritual: construyen su propia gramática de lo sagrado con fragmentos de psicología, meditación, sacralización de la naturaleza y combinando prácticas diversas que pueden ir desde encender una vela, meditar o hacer yoga, hasta consultar el tarot. No podemos, sin embargo, generalizar. Ni todos los jóvenes viven esta espiritualidad heterodoxa, ni todos los que la viven son jóvenes.

En términos de género, por ejemplo, las mujeres muestran una mayor vinculación con la espiritualidad. Las mujeres afirman en mayor proporción creer en algún tipo de realidad espiritual o fuerza vital, y también reconocen en mayor grado el poder de la naturaleza y la madre tierra. A la vez, mientras el 35% de los hombres afirman que “no pertenecen a ninguna religión ni se consideran personas espirituales”, en el caso de las mujeres este porcentaje es notablemente inferior, 25%. También las mujeres creen en mayor medida —aunque en proporciones diferentes— en cuestiones como: la existencia del alma, las energías, la vida después de la muerte, los ángeles, la astrología o la reencarnación. No es sólo una cuestión de creencia: también en términos de prácticas espirituales son las mujeres quienes dicen meditar con mayor frecuencia, practicar yoga de forma habitual o utilizar terapias complementarias como el reiki, entre otras. En cambio, en todo lo relativo a prácticas vinculadas a la religiosidad tradicional —como participar en una procesión o romería, leer la Biblia o ayunar por motivos religiosos— no encontramos una diferencia sustancial entre hombres y mujeres, o incluso son prácticas ligeramente más presentes en los hombres que en las mujeres. Un apunte interesante en la franja más joven —entre 18 y 24 años— es que la creencia en un Dios único llega hasta el 38% entre los hombres, mientras que es sólo del 18% entre las mujeres, es decir, notablemente inferior. Sin embargo, contrariamente, las mujeres jóvenes (y también las mayores) afirman creer en mayor medida en la existencia de una realidad espiritual (37%) y en el poder de la naturaleza (7%) que los hombres. Identificamos, por tanto, una tendencia a la feminización de la espiritualidad holística.  Estas dinámicas de género no solo atraviesan la espiritualidad holística, sino también las formas de religiosidad minoritaria: algunas investigaciones muestran cómo las mujeres musulmanas desempeñan roles públicos y comunitarios que desbordan estereotipos sobre género y religión (Martínez-Cuadros & Giorgi, 2025).

En términos territoriales, también hay diferencias significativas. La secularización es mucho más marcada en Cataluña, Euskadi y las Islas Baleares que en otros territorios del Estado. En este sentido, es en Andalucía donde el porcentaje de personas que se declaran católicas es superior (57%), mientras que es en Cataluña donde es menor (31%), exceptuando Ceuta y Melilla (27%), que tienen una realidad social y religiosa particular. Ateos, indiferentes y agnósticos tampoco se distribuyen de forma homogénea, y algunos territorios presentan un peso relevante de confesiones religioses minoritarias, especialmente Aragón, Cataluña y la Comunidad de Madrid. En estas diferencias confluyen factores como el papel histórico de la religiosidad, la presencia de minorías nacionales, la geografía urbana y rural y las dinámicas migratorias, tal como ya apuntaban sociólogos como Joan Estruch (1972, 1996) o Alfonso Pérez-Agote (2005).

Desritualización y ruptura de la transmisión generacional

Los datos sobre rituales y transmisión religiosa son elocuentes: el 92% de la población del Estado fue bautizada, pero hoy sólo un 48% bautizaría a sus hijos/as o llevaría a cabo el ritual equivalente en caso de ser miembro de una minoría religiosa. Un descenso de casi la mitad que también se reproduce en el caso de la comunión o ritual equivalente: un 85% ha pasado por ella, y hoy sólo un 38% querría que sus hijos/as la hicieran. En relación con los matrimonios, sólo un 42% afirma haberse casado mediante un ritual religioso.

Ahora bien, aún más evidentes son los datos relativos a los rituales mortuorios: hoy sólo un 30% de la población del Estado español afirma preferir una ceremonia de carácter religioso al morir, un 15% quiere otra ceremonia, un 25% ninguna, y al otro 25% le es indiferente. Son porcentajes elevados que solidifican aún más los cambios que ya apuntaban los datos sobre el aumento de prácticas como la incineración o la pérdida de peso de otras como la extremaunción. En un mundo como el nuestro, las etapas de la vida siguen existiendo: nacemos, nos emparejamos, nos reproducimos y morimos, pero si décadas atrás era la Iglesia Católica quien marcaba los ritmos y las formas de los rituales de paso, hoy ya no es así. Las ceremonias católicas que antes estructuraban la biografía —bautizos, comuniones, matrimonios, funerales— se han debilitado como mecanismos de integración social. No parece clara cuál es la alternativa: por un lado, los rituales laicos ganan presencia; por el otro, también parece existir una cierta indiferencia creciente hacia los rituales de paso.

En términos de educación católica, de transmisión explícita de la fe, también ha habido una caída muy notable. Así, si un 87% de la población encuestada afirma haber cursado la asignatura de religión, hoy sólo un 39% inscribe o inscribiría a sus hijos en ella. De forma similar, si un 50% afirma haber asistido a escuelas con ideario religioso, hoy sólo el 30% lleva o llevaría a sus hijos a este tipo de escuela. La socióloga francesa Hervieu-Léger (1993) describía la religión como un hilo de memoria que se transmite de generación en generación a través de la socialización. Este hilo, en nuestra sociedad, se ha ido debilitando, y las memorias de lo sagrado ya no tienen la fuerza de antaño. La secularización, en el caso español, tiene una fuerte dimensión generacional como ya mostraron Requena y Stanek (2013).

La religión: ¿de mayoría social a minoría cognitiva?

Ahora bien, en este diagnóstico conviene no trivializar el peso que la religión todavía tiene. Aunque la secularización ha avanzado con fuerza, un 49% de la población afirma tener creencias religiosas y un 17% declara practicar de forma regular. En términos absolutos, esto representa varios millones de personas cuya vida cotidiana continúa estructurándose en torno a prácticas y espacios de sociabilidad religiosa.

Si miramos con más detalle esta minoría practicante, observamos dos tendencias: por un lado, las minorías religiosas —especialmente musulmanas y evangélicas— muestran niveles de práctica superiores a los católicos; por otro, los practicantes no se concentran únicamente en edades avanzadas, sino que, tal como señala Joseba García Martín (2022), también existen grupos significativos de jóvenes que viven su fe de forma intensa y se perciben como minoría cognitiva en un entorno cada vez más secularizado. Por ejemplo, en la franja entre los 25 y 34 años hay un 6% que acude más de una vez a la semana al culto religioso y un 7% que va una vez por semana. El crecimiento de iniciativas como Hakuna o los retiros Effetá refleja esta dinámica de minorización de la fe y de creación de espacios de socialización religiosa intensiva. En paralelo, en el ámbito de las minorías religiosas destaca la alta participación en iglesias evangélicas, desde las Filadelfia de mayoría gitana hasta diversas comunidades transnacionales presentes en muchas ciudades.

Aunque la secularización avanza, no puede decirse que la religión sea insignificante: aún existe un grupo relevante cuya vida se articula en torno a prácticas y espacios religiosos. En el plano estructural, el catolicismo sigue muy presente en el calendario, las fiestas, parte de la escuela concertada o el patrimonio sostenido con fondos públicos. A menudo esta huella aparece como catolicismo banal (Griera et al., 2021), casi invisible pero operativa en la identidad pública. Todo ello ocurre en un contexto de creciente pluralidad religiosa y no religiosa que exige marcos de convivencia inclusivos y respetuosos.

Nuevos horizontes de sentido

El Barómetro también analiza las fuentes de sentido vital. La religión y la espiritualidad ocupan el último lugar, con un 31% que considera que aportan mucho o bastante sentido, mientras que predominan fuentes relacionales y postmaterialistas: la familia (90%), la amistad (79%), el crecimiento personal (78%) y la naturaleza (71%). Entre los más jóvenes, incluso las mascotas adquieren relevancia (47% en general y más del 55% entre quienes tienen entre 18 y 24 años), lo que indica nuevas formas de vínculo social y una mayor centralidad de la relación con la naturaleza y otras especies.

Estos datos sugieren un desplazamiento de la tradición y la religión hacia dimensiones más relacionales y autorreflexivas. La importancia otorgada a la familia y la amistad subraya el papel del vínculo afectivo, mientras que la elevada presencia del crecimiento personal —tercera fuente de sentido— apunta hacia procesos de autoexploración cuyo contenido exacto desconocemos y tendría que ser objeto de investigaciones de corte cualitativo. Algunas pistas para entender esta dinámica nos las da Giddens (1991) cuando habla del “proyecto reflexivo del yo”, o Sloterdijk (2009), quien describe la modernidad como un conjunto de prácticas de autotransformación, y Rosa (2019), quien propone pensar el sentido en términos de resonancia. En cierto modo, leídos así, los datos muestran una búsqueda de resonancia social, personal y ecológica: vínculos afectivos, diálogo interior y conexión con la naturaleza. En conjunto, expresan un giro posttranscendental en el que el sentido se articula menos a través de instituciones religiosas y más mediante relaciones de reciprocidad y vínculo con los otros, con una realidad espiritual no definida y con el entorno.

Apuntes finales

El Barómetro sobre Religión y Creencias en España dibuja un paisaje religioso en transformación. La primera conclusión es clara: la secularización ha avanzado de forma constante y gradual en las últimas décadas y el catolicismo ha ido perdiendo centralidad. Ahora bien, el diagnóstico sería erróneo si lo redujéramos a una relación de suma cero entre catolicismo y ateísmo. El cambio religioso pone al descubierto, especialmente, la emergencia de una amplia gama de grises donde se ubica la población en términos religiosos y espirituales, y la importancia de una lectura pausada y matizada de los datos.

Como resumen final, hay cuatro elementos clave que debemos destacar. Primero, el crecimiento de la diversidad religiosa y la fuerza emergente de las personas que se identifican como miembros de minorías religiosas. Numéricamente son, aún, un 8%, pero tienen un peso especial entre las generaciones más jóvenes y, a la vez, muestran niveles de práctica y adhesión superiores a la media. Por tanto, deducimos que su relevancia aumentará en las próximas décadas.

En segundo lugar, la existencia de una población católica que ya no tiene el peso de antaño pero que todavía tiene una presencia significativa que no podemos menospreciar. Es un catolicismo que se expresa más en términos identitarios que devocionales. Además, aunque entre las personas que se identifican como religiosas existe una notable pluralidad ideológica —tal como muestran también algunos estudios recientes sobre la juventud catalana (Albert-Blanco, Martínez & Arbós, 2025)—, la representación pública de la religión continúa estando fuertemente marcada por voces conservadoras, lo que contribuye a reforzar una imagen sesgada del vínculo entre religión y política.

En tercer lugar, la existencia de una población atea relevante que, además, se mantiene en posiciones ideológicas claramente de izquierdas, pero que no ha crecido a la velocidad que preveían las teorías de la secularización. A la vez, la importancia creciente de categorías no previstas desde la sociología, como las personas que se declaran agnósticas o indiferentes que revelan otras formas de aproximación a lo religioso.

Finalmente, la emergencia de creencias y prácticas espirituales que se expresan fuera de los marcos institucionales tradicionales y que, en cierta manera, pueden leerse también como fruto de la crisis social de mediaciones y de la deslegitimación de las fuentes de autoridad tradicional. Es una espiritualidad que va en consonancia, también, con los nuevos horizontes de sentido que apuntan hacia la búsqueda de una resonancia y de formas de sentido más ancladas en el vínculo social y en la relación con la naturaleza y las otras especies, que con Dios o las instituciones tradicionales.

En definitiva, el paisaje actual es plural, fragmentado y lleno de matices, donde conviven la religiosidad tradicional, la espiritualidad heterodoxa y la indiferencia. En este contexto, el reto es el aprendizaje de la pluralidad: reconocer la diversidad de creencias —y de no creencias— como un valor democrático y cultural esencial para una convivencia compleja pero inclusiva, plural y abierta en el siglo XXI.

Cómo citar este artículo

Griera, María del Mar, "Después del monopolio católico: religión, espiritualidad y ateísmo en la España contemporánea", Cuestiones de Pluralismo, Vol. 5, nº2 (segundo semestre de 2025). https://doi.org/10.58428/GNJQ9150

Para profundizar

  • Cornejo, Mónica; Cantón, Manuela y Blanes, Ruy Llera (2008). Teorías y prácticas emergentes en antropología de la religión. Donostia: Ankulegi Antropologia Elkartea.
  • Díaz-Salazar, Rafael (2007). Democracia laica y religión pública. Madrid: Taurus.
  • Estruch, Joan (2015). Entendre les religions. Una perspectiva sociològica. Barcelona: Editorial Mediterrània.
  • Pérez-Agote, Alfonso y Santiago, José (2009). La nueva pluralidad religiosa. Madrid: Ministerio de Justicia.
  • Relaño, Eugenia (Ed.) (2025). Diversidad religiosa y convivencia: desafíos de la gobernanza contemporánea. Madrid: Aranzadi.

DESPRÉS DEL MONOPOLI CATÒLIC: RELIGIÓ, ESPIRITUALITAT I ATEISME EN L'ESPANYA CONTEMPORÀNIA

Espanya ja no és un país de majoria catòlica. Tampoc és un país completament secularitzat. Els matisos són fonamentals per entendre les transformacions que ha viscut la societat en termes de religió durant les darreres dècades. El Baròmetre sobre Religió i Creences a Espanya ens dona pistes per identificar i analitzar els principals canvis en aquest àmbit.

Més enllà de les categories binàries
Tenir o no tenir creences religioses emergeix com una frontera que divideix la població: un 49% de persones declaren que sí que tenen creences religioses i un 51% que no. Ara bé, aquesta no és una divisió binària entre catòlics i ateus que separa blocs homogenis, sinó que amaga una realitat més complexa.

D’una banda, en els darrers anys guanyen presència les minories religioses, amb un 8% de la població que es reparteix entre cristians evangèlics, musulmans, testimonis de Jehovà, budistes o jueus, entre d’altres. Alhora, aquells qui s’identifiquen com a catòlics són un 46%, però aquesta adscripció s’expressa de múltiples maneres: des d’una participació devota en el catolicisme fins a una identificació light en termes culturals.

De l’altra, hi ha un 42% de la població que no s’atribueix cap identitat confessional, és a dir, que diu que no és membre de cap religió. Ara bé, els ateus —aquells que neguen l’existència de Déu— són només un 11%, mentre que la resta es reparteix entre indiferents (17%) i agnòstics (14%), categories que han anat en augment i tenen especial pes entre les generacions més joves.

Així, el Baròmetre confirma una intuïció que fa temps que assenyala la sociologia de la religió: el paisatge religiós ja no es pot descriure en termes binaris —ser catòlic o ser ateu—, sinó que ens trobem davant d’una realitat cada vegada més complexa i fragmentada.

El desdoblament de la religió: transcendència i identitat
En analitzar les dades, hi ha dos elements aparentment paradoxals que convé explicitar.

En primer lloc, el fet de tenir una identitat confessional —com a catòlic, evangèlic o musulmà— no implica necessàriament afirmar tenir creences religioses. Un 26% de les persones que diuen pertànyer a una religió no es consideren persones espirituals o interessades en el sagrat. Es tracta d’adscripcions de tall cultural i identitari més que no pas vinculades a l’experiència quotidiana de la fe. La religió actua com a comunitat de memòria i d’identificació, però no sempre es tradueix en pràctiques o creences. És un tipus d’identificació que augmenta en contextos de secularització (Grace Davie, 2000) i també en entorns de major diversitat religiosa: davant “l’altre religiós”, la pertinença religiosa pot mobilitzar-se com a factor identitari, de vegades en clau reactiva.

En segon lloc, també convé emfatitzar la situació inversa: no ser membre de cap confessió religiosa no et fa, automàticament, ateu. Un 40% dels agnòstics afirmen creure en algun tipus de realitat espiritual o força vital, i un 16% creu en el poder de la natura i la mare terra. Entre els indiferents aquests percentatges són menors però significatius. A més, un 40% del conjunt de la població afirma creure molt o bastant en les energies, un 21% en l’astrologia i un 15% en la vidència. Emergeix, així, una espiritualitat heterodoxa que busca la transcendència deslligada de les institucions religioses tradicionals: no és majoritària, però va guanyant presència en les darreres enquestes, tant a escala catalana, espanyola com europea.

La secularització com a procés plural: gènere, generacions i territori
La secularització avança de forma gradual i continuada, però no és un procés uniforme. A les franges més joves, la religió institucional ha perdut pes com a referent vital: un 61% dels joves es declaren no religiosos. Ara bé, aquest “no religiós” no equival a definir-se com a ateu: gairebé quatre de cada deu joves afirmen creure en alguna força espiritual o energia vital, i prop d’un terç confia en l’astrologia o en la possibilitat de la reencarnació. El que s’esvaeix no és tant la recerca de transcendència com la capacitat de les institucions religioses tradicionals per esdevenir, als ulls dels joves, referents legítims en la recerca de sentit. La cultura del do it yourself també amara el terreny espiritual: molts joves construeixen la seva pròpia gramàtica del sagrat amb fragments de psicologia, meditació, sacralització de la natura i pràctiques diverses que poden anar des d’encendre una espelma, meditar o fer ioga fins a consultar el tarot.

En termes de gènere, les dones mostren una vinculació especialment intensa amb l’espiritualitat. És més gran el nombre de dones que es consideren espirituals però no religioses, i afirmen en major proporció creure en alguna realitat espiritual o força vital i en el poder de la natura i la mare terra. També manifesten, en general, més confiança en l’existència de l’ànima, les energies, la vida després de la mort, els àngels, l’astrologia o la reencarnació, i declaren meditar o fer ioga amb més freqüència que els homes. En canvi, pel que fa a pràctiques vinculades a la religiositat tradicional —participar en processons, llegir la Bíblia o fer dejuni per motius religiosos— les diferències entre homes i dones són molt més modestes. Entre els 18 i els 24 anys, la creença en un Déu únic arriba al 38% en el cas dels homes i només al 18% en el de les dones, però aquestes afirmen en major mesura creure en una força espiritual (37%) i en el poder de la natura (7%). Identifiquem, per tant, una tendència a la feminització d’una espiritualitat vinculada a la natura i a les energies. Aquestes dinàmiques també travessen la religiositat minoritària: diversos estudis mostren com les dones musulmanes desenvolupen rols públics i comunitaris que desborden els estereotips de gènere (Martínez-Cuadros & Giorgi, 2025).

En termes territorials, també hi ha diferències significatives. La secularització és molt més marcada a Catalunya, Euskadi i les Illes Balears que en d’altres territoris de l’Estat. En aquest sentit, és a Andalusia on el percentatge de persones que es declaren catòliques és superior (57%), mentre que és a Catalunya on és menor (31%), exceptuant Ceuta i Melilla (27%), que tenen una realitat social i religiosa particular. Ateus, indiferents i agnòstics tampoc es distribueixen de manera homogènia, i alguns territoris presenten un pes rellevant d’altres confessions religioses, especialment Aragó, Catalunya i la Comunitat de Madrid. En aquestes diferències hi conflueixen factors com el paper històric de la religió, la presència de minories nacionals, la geografia urbana i rural i les dinàmiques migratòries, tal com ja apuntaven sociòlegs com Joan Estruch (1972, 1996) o Alfonso Pérez-Agote (2005).

Desritualització i ruptura de la transmissió generacional
Les dades sobre rituals i transmissió religiosa són eloqüents: el 92% de la població de l’Estat va ser batejada però, avui dia, només un 48% batejaria els seus fills o duria a terme el ritual equivalent en cas de pertànyer a una minoria religiosa. Un descens similar es produeix en el cas de la comunió: un 85% hi ha passat, i avui només un 38% voldria que els seus fills la fessin. Pel que fa als matrimonis, només un 42% afirma haver-se casat amb un ritual religiós.

Encara són més significatives les dades relatives als rituals mortuoris: només un 30% de la població afirma preferir una cerimònia de caràcter religiós en morir; un 15% en vol una d’una altra índole; un 25% no en vol cap i a un altre 25% li és indiferent. Són percentatges elevats que confirmen els canvis ja visibles en l’augment de pràctiques com la incineració o en la pèrdua de pes de la extremaunció. Les etapes de la vida continuen existint —naixem, ens emparellem, ens reproduïm i morim— però, si dècades enrere era l’Església catòlica qui marcava els ritmes i les formes dels rituals de pas, avui ja no és així. Les cerimònies catòliques que abans estructuraven la biografia —batejos, comunions, matrimonis, funerals— s’han debilitat com a mecanismes d’integració social. No sembla clara quina és l’alternativa: per una banda, els rituals laics guanyen presència; per l’altra, també creix la indiferència envers els rituals de pas.

En termes d’educació catòlica, de transmissió explícita de la fe, també s’ha produït una davallada molt notable. Si un 87% de la població enquestada afirma haver cursat l’assignatura de religió, avui només un 39% hi apunta, o hi apuntaria, els seus fills. De forma similar, si un 50% afirma haver anat a escoles amb ideari religiós, avui només un 30% hi portaria els seus fills. La sociòloga francesa Danièle Hervieu-Léger (1993) descrivia la religió com un fil de memòria que es transmet de generació en generació a través de la socialització i el ritual. Aquest fil, en la nostra societat, s’ha anat debilitant i les memòries del sagrat ja no tenen la força d’antany. La secularizació, en el cas de l’estat espanyol, té una forta dimensió generacional com ja van mostrar Requena i Stanek (2013).

La religió: de majoria social a minoria cognitiva?
Ara bé, en aquest diagnòstic convé no trivialitzar el pes que la religió encara té. Tot i que la secularització ha avançat amb força, un 49% de la població afirma tenir creences religioses i un 17% declara practicar de manera regular. En termes absoluts, això representa diversos milions de persones la vida quotidiana de les quals continua estructurant-se al voltant de pràctiques i espais de sociabilitat religiosa.

Si mirem amb més detall aquesta minoria practicant, observem dues tendències: d’una banda, les minories religioses —especialment musulmanes i evangèliques— mostren nivells de pràctica superiors als catòlics; de l’altra, els practicants no es concentren únicament en edats avançades, sinó que, tal com assenyala Joseba García Martín (2022), també existeixen grups significatius de joves que viuen la fe de manera intensa i es perceben com a minoria cognitiva en un entorn cada vegada més secularitzat. Per exemple, en la franja entre els 25 i els 34 anys hi ha un 6% que acudeix més d’una vegada a la setmana al culte religiós i un 7% que hi va un cop per setmana. El creixement d’iniciatives com Hakuna o els retirs Efetà reflecteix aquesta dinàmica de minorizació de la fe i de creació d’espais de socialització religiosa intensiva. En paral·lel, en l’àmbit de les minories religioses destaca l’alta participació a les esglésies evangèliques, des de les Filadèlfia de majoria gitana fins a diverses comunitats transnacionals presents a moltes ciutats.

Tot i l’avenç de la secularització, no podem dir que la religió sigui insignificant: encara hi ha un grup rellevant la vida del qual s’articula al voltant de pràctiques i espais religiosos. En el pla estructural, el catolicisme continua molt present en el calendari, les festes, part de l’escola concertada o el patrimoni sostingut amb fons públics. Sovint aquesta empremta apareix com a catolicisme banal (Griera et al., 2021), gairebé invisible però operativa en la identitat pública. Tot plegat es produeix en un context de pluralitat religiosa i no religiosa creixent que exigeix marcs de convivència inclusius i respectuosos.

Nous horitzons del sentit
El Baròmetre també analitza les fonts de sentit vital. La religió i l’espiritualitat ocupen l’últim lloc, amb un 31% que considera que aporten molt o bastant sentit, mentre que predominen fonts relacionals i postmaterialistes: la família (90%), l’amistat (79%), el creixement personal (78%) i la natura (71%). Entre els més joves, fins i tot les mascotes adquireixen rellevància (47% en general i més del 55% entre els qui tenen entre 18 i 24 anys), fet que indica noves formes de vincle social i una major centralitat de la relació amb la natura i amb altres espècies.

Aquests dades suggereixen un desplaçament de la tradició i la religió cap a dimensions més relacionals i autoreflexives. La importància atorgada a la família i a l’amistat subratlla el paper del vincle afectiu, mentre que la presència elevada del creixement personal —tercera font de sentit— apunta a processos d’autoexploració el contingut exacte dels quals desconeixem i que haurien de ser objecte d’investigacions de caire qualitatiu. Giddens (1991) ens dona algunes pistes quan parla del “projecte reflexiu del jo”; Sloterdijk (2009) descriu la modernitat com un conjunt de pràctiques d’autotransformació; i Rosa (2019) proposa pensar el sentit en termes de ressonància. Llegits així, els dades mostren una recerca de ressonància social, personal i ecològica: vincles afectius, diàleg interior i connexió amb la natura. En conjunt, expressen un gir posttranscendental en què el sentit s’articula menys a través d’institucions religioses i més mitjançant relacions de reciprocitat i vincle amb els altres, amb una realitat espiritual força indefinida i amb l’entorn.

Apunts finals
El Baròmetre sobre Religió i Creences a Espanya dibuixa un paisatge religiós en transformació. La primera conclusió és clara: la secularització ha avançat de forma constant i gradual en les darreres dècades i el catolicisme ha anat perdent centralitat. Ara bé, el diagnòstic seria erroni si el reduïm a una relació de suma zero entre catolicisme i ateisme. El canvi religiós posa al descobert, especialment, l’emergència d’una àmplia gama de grisos on s’ubica la població en termes religiosos i espirituals i la importància de la lectura pausada i matisada de les dades. Com a resum final, hi ha quatre elements clau que hem de destacar. Primer, el creixement de la diversitat religiosa i la força emergent de les persones que s’identifiquen com a membres de les minories religioses. Numèricament són, encara, un 8% però tenen especial pes en les generacions més joves, i alhora mostren uns nivells de pràctica i adhesió superior a la mitjana. Per tant, deduïm que la seva rellevància augmentarà en les properes dècades.

En segon lloc, l’existència d’una població catòlica que ja no té el pes d’antany però que encara té una presència significativa que no podem menysprear. A més, tot i que entre les persones que s’identifiquen com a religioses hi ha una pluralitat ideològica notable —tal com mostren també alguns estudis recents sobre la joventut catalana (Albert-Blanco, Martínez & Arbós, 2025)—, la representació pública de la religió continua estant fortament marcada per veus conservadores, cosa que contribueix a reforçar una imatge esbiaixada del vincle entre religió i política.

En tercer lloc, l’existència d’una població atea rellevant que, a més, es manté en posicions ideològiques clarament d’esquerres però que no ha crescut amb la velocitat que preveien les teories de la secularització. Alhora, la significació creixent de categories que no havíem previst des de la sociologia, com la de les persones que es declaren agnòstiques o indiferents.

Finalment, l’emergència de creences i pràctiques espirituals que s’expressen fora dels marcs institucionals tradicionals, i que en certa manera es poden llegir, també, com a fruit de la crisi social de mediacions i de deslegitimació de les fonts d’autoritat tradicional. És una espiritualitat que va en consonància, també, amb els nous horitzons de sentit que apunten cap a la recerca d’una ressonància, i d’unes formes de sentit, més ancorades en el vincle social i la relació amb la natura i les altres espècies, que amb Déu o les institucions tradicionals.

En definitiva, després del monopoli catòlic, la religió a Espanya no ha desaparegut, sinó que s’ha transformat. El paisatge actual és plural, fragmentat i ple de matisos, on conviuen la religiositat tradicional, l’espiritualitat heterodoxa i la indiferència. En aquest context, el repte és l’aprenentatge de la pluralitat: reconèixer la diversitat de creences —i de no creences— com un valor democràtic i cultural essencial per a una convivència complexa però inclusiva, plural i oberta en el segle XXI.

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