Las organizaciones de convicción en la pluralidad del panorama religioso

Cuestiones de pluralismo, Volumen 6, Número 1 (1er Semestre 2026)
22 de Enero de 2026
DOI: https://doi.org/10.58428/ZWBW5779

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Por Silvia Baldassarre

Si la libertad religiosa es la libertad de profesar la propia convicción religiosa, arreligiosa o irreligiosa en cualquier forma, individual o asociada, la profesión colectiva del ateísmo o del no teísmo debería poder gozar de la misma protección que se prevé para la profesión colectiva de la fe.


 

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Las organizaciones filosóficas no confesionales: perfiles y cuestiones definitorias

En las democracias contemporáneas, caracterizadas por una creciente complejidad, una pluralidad de pertenencias y unos intercambios culturales virtuales y reales que generan nuevos horizontes de sentido, la multiplicidad de visiones del mundo, creencias religiosas y concepciones éticas y filosóficas convive en un mismo espacio público, lo que impone un replanteamiento de los fundamentos de la convivencia civil y de los instrumentos jurídicos que garantizan su gobernanza. A la «fluidez» —por usar la expresión de Bauman— de la contemporaneidad contribuye también la difusión de nuevos movimientos religiosos, algunos de los cuales son en realidad muy antiguos y nuevos solo para Occidente, a los que les falta el elemento de la trascendencia, pero que encuentran su solución última en la interioridad de la conciencia. Paradigmático en este sentido es el budismo, definido por algunos estudiosos como «religión atea» (Hisamatsu). La Union Bouddhique Belge presentó en 2006 una solicitud de reconocimiento como organización filosófica no confesional y, a pesar del visto bueno (17 de marzo de 2023) del Gobierno belga y del dictamen favorable del Consejo de Estado, el proyecto de ley sigue estancado en el Parlamento, objeto de acaloradas posiciones dialécticas y obstáculos políticos.

En un panorama religioso cada vez más heterogéneo, junto a las creencias tradicionales, las «organizaciones filosóficas y no confesionales» representan una forma de «religión civil de la razón», en el sentido de un ethos compartido basado en la dignidad de la persona, la libertad de conciencia y la responsabilidad individual. A nivel internacional, la organización de referencia es Humanists International, fundada en 1952 y formada por asociaciones de más de 60 países. Como consultora de la ONU, la UNESCO, UNICEF y el Consejo de Europa, a través de su oficina de defensa europea, Humanists International también dialoga con la Comisión Europea, sigue los trabajos del Parlamento Europeo y actúa dentro de la OSCE. En Europa, la European Secularist Network constituye una red que reúne a organizaciones humanistas, racionalistas, laicas, de cultura ética, ateas y de libre pensamiento.

Dada la gran heterogeneidad de estas organizaciones, clasificarlas en un solo sentido es un reto ineficaz e improductivo. La propia definición de «organizaciones filosóficas y no confesionales» no incluye su pluralidad formal y sustantiva y, a primera vista, parece excluirlas nominalmente de la calificación jurídica de «confesiones religiosas». En el lenguaje anglosajón, para referirse al fenómeno no teísta se prefiere el uso de la expresión «non religious people» (personas no religiosas), que a su vez es discutible, ya que privilegia el carácter puramente opositivo con respecto a las religiosas; en Alemania se utiliza la fórmula «comunidades basadas en una concepción del mundo», mientras que en la literatura francófona y en el ámbito escandinavo se está imponiendo desde hace tiempo el uso de la fórmula «organizaciones de convicción», más neutra y comprensiva de la variada multiplicidad de Weltanschauung teístas, no teístas y ateas. Como ha precisado el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, «Considerada aisladamente y en su significado ordinario, la palabra «creencias» no es sinónimo de los términos «opiniones» e «ideas» tal y como se utilizan en el artículo 10 (...) del Convenio que garantiza la libertad de expresión; se encuentra en la versión francesa del artículo 9 (...) (en inglés «beliefs»), que consagra la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Se aplica a las opiniones que alcanzan un grado suficiente de fuerza, seriedad, coherencia e importancia» (Campbell et Cosans c. Royaume-Uni, 25 de febrero de 1982, § 36). En general, las organizaciones de convicción actuales comparten algunas características distintivas: promueven visiones del mundo antidogmáticas, no religiosas, inspiradas en el racionalismo, el humanismo laico u otras concepciones ético-filosóficas. Las raíces de estas organizaciones se remontan a la Ilustración, cuando se afirmó la idea de que la moral y el derecho podían basarse en la razón humana más que en la revelación divina.

La profesión del ateísmo, que hasta el siglo XIX había tenido un carácter subjetivo, circunscrito a la adhesión individual a un ethos libre de dogmas religiosos, a una visión propia y original del mundo basada en el uso crítico de la razón, adquirió en los siglos XIX y XX también una dimensión colectiva; con la difusión del librepensamiento, el humanismo laico y el secularismo, surgieron en Europa y América las primeras asociaciones laico-humanistas y de librepensamiento. Estas no perseguían solo fines teóricos, sino también prácticos: promovían la libertad de conciencia, la separación entre Iglesia y Estado, la educación laica, la autonomía de la ciencia y la protección de los derechos y libertades fundamentales. El asociacionismo laico-humanista ha evolucionado, desde el siglo XIX hasta hoy, pasando de un carácter predominantemente opositor, a menudo anticlerical, a objetivos más propositivos y articulados, con una mayor difusión y coordinación internacional favorecidas por la globalización y las nuevas formas de comunicación. La consecución de los objetivos proactivos se lleva a cabo mediante una serie de actividades promovidas por organizaciones de convicción que, por ejemplo, ofrecen apoyo financiero y jurídico a iniciativas destinadas a proteger a las víctimas de discriminación y persecución por motivos religiosos o de violaciones de la laicidad del Estado; implantan cursos de formación para profesionales que prestan asistencia laico-humanista en instituciones segregadoras, o que celebran ceremonias laico-humanistas dedicadas a los momentos más significativos de la vida (nacimiento, matrimonio, funeral) y fiestas laicas de la juventud; organizan y financian eventos científicos, campañas e iniciativas para la protección de los derechos civiles, para la plena afirmación de la laicidad del Estado, para la autodeterminación de los individuos en el marco de una concepción laica, racional y arreligiosa de la existencia.

El largo camino de las organizaciones de convicción para llegar al espacio jurídico internacional y europeo

En el espacio jurídico internacional, la equiparación entre teísmo y no teísmo es el resultado de un largo camino, aún inconcluso, que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial y se perfiló en paralelo con el avance de la era de los derechos. Esta equiparación permanece, en diferentes contextos nacionales, principalmente en el plano teórico y a menudo se limita únicamente a la dimensión individual de la libertad de conciencia. De ello se deriva una persistente desigualdad entre los fenómenos teístas y no teístas en su dimensión colectiva y asociativa, desigualdad que a veces se observa incluso en ordenamientos que, al menos formalmente, declaran reconocer su equiparación.

Los primeros documentos internacionales, entre ellos la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, consideran la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión como un triángulo de valores que lo abarca todo y que, sin duda, incluye la libertad de no profesar ninguna religión. La interpretación amplia de la libertad religiosa se reafirmó posteriormente en el Convenio Europeo de Derechos Humanos (1950), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (1966) y la Declaración sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación basadas en la religión o el credo (1981), convirtiéndose en un leitmotiv en todos los textos cuyas disposiciones han contribuido a elaborar normas internacionales de protección de la libertad en materia religiosa. La necesidad de que los Estados garanticen una «igualdad efectiva entre creyentes y no creyentes» se expresa por primera vez en el documento final de la Reunión de Viena de los representantes de los Estados que participaron en la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (1986), convocada en virtud de las disposiciones del Acta Final de Helsinki de 1975. En la década de 1990 se fue afianzando progresivamente un ámbito de protección cada vez más claro; al comentar el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en 1993 el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas precisó que el artículo 18 protege las «creencias teístas, no teístas y ateas», así como el derecho a «no profesar ninguna religión o creencia» (art. 2). Las organizaciones de creencias entran, por tanto, en el ámbito definitorio de «minoría religiosa» y, como tales, son objeto de estudio en un proyecto científico dirigido por el profesor Silvio Ferrari, el «Atlas of Religious or Belief Minority Rights»,  cuyo objetivo es proporcionar un marco jurídico y sociológico sobre la situación de algunas minorías en los países de la Unión Europea, también con el fin de combatir la discriminación y favorecer el desarrollo de su identidad (véase al respecto el interesante artículo de Silvio Ferrari en esta revista).

A nivel político comunitario, las organizaciones filosóficas y no confesionales adquirieron visibilidad cuando el presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, nombró dentro del grupo de reflexión Cellule de Prospective, creado por él en 1992, a un responsable de las relaciones con las comunidades de fe y de convicción. En el ámbito jurídico comunitario se mencionan por primera vez (Declaración n.º 11 sobre el estatuto de las iglesias y las organizaciones no confesionales), a propuesta de Bélgica, en el Tratado de Ámsterdam, firmado el 2 de octubre de 1997 y que entró en vigor el 1 de mayo de 1999. La reiteración, en 2000, de la díada religión/creencia en la Carta de los Derechos Fundamentales de Niza (artículos 10 y 21) confirma la voluntad de la Unión Europea de conceder una protección igualitaria a una amplia gama de concepciones, tanto religiosas como racionalistas y filosóficas. A nivel institucional, el diálogo entre las comunidades de convicciones y la Unión Europea se oficializó en 2009; el artículo 17 del TFUE estableció la obligación jurídica de mantener «un diálogo abierto, transparente y regular» tanto con las Iglesias y las asociaciones o comunidades religiosas como con las organizaciones filosóficas y no confesionales.

La equiparación jurídica entre las confesiones y las organizaciones filosóficas y no confesionales se basa en un supuesto lógico irreprochable: todas ellas tienen una base común, ya que son reflejos de un mismo prisma, el de las respuestas a las grandes y irresolubles preguntas de la vida. Estos reflejos pueden ser similares, diferentes, opuestos, inmanentes o trascendentes, dependiendo de lo que se entienda por religión; pero si dejamos de lado el intento, destinado al fracaso, de circunscribir tal noción, también podríamos afirmar que es religioso, como subrayó Ronald Dworkin en Religión sin Dios, el asombro ante la vida; asombro que cada uno interpreta y codifica según una respuesta personal. Es evidente que la equiparación lógica no tiende a una reductio ad unum, ya que no coincide con una supuesta identidad, sino que implica una relación de analogía. En este sentido, es significativa la omisión de una definición explícita de los términos «religión» y «creencia» en los documentos normativos, lo que permite no limitar la protección de la libertad religiosa a determinadas creencias, revelando en este sentido una voluntad no discriminatoria y una adhesión axiológica al principio de laicidad. Desde esta perspectiva, las organizaciones filosóficas no confesionales dan testimonio de que la laicidad del Estado no implica una neutralidad indiferente, sino un compromiso activo para garantizar a todas las visiones del mundo, religiosas o no religiosas, la misma dignidad y espacio de expresión. Es precisamente en este equilibrio dinámico entre la libertad de conciencia y el reconocimiento institucional donde el pluralismo puede traducirse en una auténtica convivencia.

La actividad de defensa de las organizaciones no teístas y ateas por la igualdad de trato jurídico con las organizaciones teístas

Si la libertad religiosa es la libertad de profesar la propia convicción religiosa, arreligiosa o irreligiosa en cualquier forma, individual o asociada, la profesión colectiva del ateísmo o del no teísmo debería poder gozar de la misma protección que se prevé para la profesión colectiva de la fe. Sin embargo, en la Unión Europea, la equiparación del estatuto jurídico de las organizaciones filosóficas y no confesionales al de las confesiones religiosas solo se encuentra en un número limitado de ordenamientos, entre los que figuran, en particular, Bélgica, los Países Bajos y Alemania. En Bélgica, país «modelo» en cuanto a la equiparación jurídica entre religiones y convicciones filosóficas, la igualdad de condiciones en materia de financiación pública está consagrada constitucionalmente (art. 181); el secularismo organizado ha obtenido un estatuto similar al de los cultos reconocidos con la ley de 21 de junio de 2002. Los principales organismos representativos de la comunidad no confesional en Bélgica son el Centre d'action laïque (CAL), que agrupa a 27 asociaciones comunitarias, y la Unie Vrijzinnige Verenigingen (UVV, que desde 2011 se denomina deMens.nu), que agrupa a 39 asociaciones. Afiliada al CAL de Lieja está la Humanistische Präsenz, constituida en 1988 en la región lingüística alemana. El Consejo Central Laico (CCL) reúne al CAL y a la UVV y es el interlocutor oficial con las autoridades civiles. En Bélgica, el culto o la concepción filosófica reconocidos tienen derecho a contar con un cierto número de asistentes morales laicos en los centros penitenciarios y en los espacios radiofónicos y televisivos, a nombrar profesores de religión o de ética laica, a recibir de diversas autoridades subvenciones que pueden ser obligatorias o no, y también se les reconoce el derecho a una vivienda o a una indemnización por alojamiento.

En la mayoría de los Estados europeos, las organizaciones teístas, no teístas y ateas se sitúan en planos bien diferenciados. La distinción se traduce en conceder solo a unas pocas confesiones «reconocidas», en detrimento de las demás y de las organizaciones filosóficas y no confesionales, derechos especiales, beneficios económicos e instrumentos para penetrar de forma capilar en el tejido social y en las conciencias individuales. El «reconocimiento» no se traduce solo en una mera posición de ventaja económica, sino en numerosos derechos garantizados, entre los que se encuentran la asistencia espiritual en comunidades separadas, la celebración de matrimonios con efectos civiles, la enseñanza en escuelas públicas y el acceso a los servicios de radio y televisión. Se perfila así una especie de jerarquía que subordina la libertad de religión a la libertad religiosa. Con el fin de reducir esta brecha, numerosas organizaciones de convicción llevan más de treinta años realizando una serie de actividades de promoción destinadas a algunos objetivos prioritarios, entre los que se encuentran: promover el secularismo estatal y la laicidad de las instituciones, la separación entre la Iglesia y el Estado, la imparcialidad y la primacía del poder civil, la neutralidad del espacio público; fomentar normas progresistas en materia de bioética, prácticas políticas de orientación laica y una educación adogmática en las escuelas públicas; promover la protección de la libertad de pensamiento y de expresión, la igualdad sin distinción de género, religión, nacionalidad u orientación sexual; fomentar la afiliación religiosa consciente, basada en la libre elección en la edad adulta; denunciar la discriminación por motivos religiosos, ampliar los derechos familiares, sexuales y reproductivos, afirmar el derecho a una muerte digna, combatir el extremismo religioso, proponer una visión laico-humanista de los valores culturales, sociales y éticos.

En varios países, algunas organizaciones de convicción han promovido solicitudes de reconocimiento y trato jurídico igualitario con respecto a las asociaciones de creyentes. En Austria, el 30 de diciembre de 2019, la Sociedad Religiosa Atea (ARG) presentó ante la Oficina de Cultura de la Cancillería Federal (Kultusamt) la solicitud para obtener el estatus de comunidad religiosa confesional registrada. Para la ARG, la definición de «sociedad religiosa atea» no es una contradicción en términos, ya que la religión es, al igual que el ateísmo, una filosofía que ayuda a los seres humanos, también a través de prácticas rituales, a afrontar la vida. En Eslovaquia, la Iglesia atea (Ateistická cirkev neveriacich) solicitó el reconocimiento de la personalidad jurídica, pero sin éxito. El caso más emblemático y pionero es el de la Unión de Ateos y Agnósticos Racionalistas (UAAR), que se prolonga en Italia desde hace treinta años. A pesar de los progresivos reconocimientos obtenidos en el ámbito internacional y europeo, siguen existiendo importantes asimetrías entre los fenómenos religiosos y no religiosos, sobre todo en el plano colectivo e institucional. La actividad de defensa llevada a cabo por las organizaciones de convicción se configura, por lo tanto, como una herramienta esencial para colmar esta brecha, reafirmando una concepción sustancial de la laicidad basada en la igualdad, la no discriminación y el respeto de todas las visiones del mundo. Desde esta perspectiva, el pleno reconocimiento jurídico de las organizaciones de convicción no representa una instancia identitaria o antagónica, sino una condición necesaria para que el pluralismo se traduzca en una convivencia democrática efectiva y en la igualdad de dignidad de creyentes y no creyentes en el espacio público.

Cómo citar este artículo

Baldassarre, Silvia, "Las organizaciones de convicción en la pluralidad del panorama religioso", Cuestiones de Pluralismo, Vol. 6, nº1 (primer semestre de 2026). https://doi.org/10.58428/ZWBW5779

Para profundizar

  • Baldassarre, Silvia (2023). Contributo allo studio delle organizzazioni filosofiche e non confessionali nel diritto italiano e internazionale. Pisa: ETS.
  • Cimbalo, Giovanni (2023). “L’ateismo tra riconoscimento giuridico e ricerca di valori propri”. Quaderni di diritto e politica ecclesiastica 1: 211-230.
  • Croce, Marco. (2019). “An agreement denied: how philosophical associations are discriminated by Italian law”. En Orioli, Adele (Ed.), Non Believers’ Europe. Models of Secularism, Individual Statuses, Collective Rights. Roma: Nessun Dogma.72-98.
  • Mazzola, Roberto, Baldassarre, Silvia y Angelucci, Antonio (Eds.) (2024). The Complex World of Philosophical and Non-Religious Beliefs. Legal and Social Profiles, Granada: Comares.
  • Orioli, Adele (Ed.) (2019). Non Believers’ Europe. Models of Secularism, Individual Statuses, Collective Rights, Roma: Nessun Dogma.

LE ORGANIZZAZIONI DI CONVINZIONE NELLA PLURALITÀ DEL PANORAMA RELIGIOSO

Se la libertà religiosa è la libertà di professare la propria convinzione religiosa, areligiosa, irreligiosa in qualsiasi forma, individuale o associata, la professione collettiva dell’ateismo o del non teismo dovrebbe poter godere della stessa tutela prevista per la professione collettiva della fede.

Le organizzazioni filosofiche non confessionali: profili e nodi definitori

Nelle democrazie contemporanee, caratterizzate da una crescente complessità, da una pluralità di appartenenze, da scambi culturali virtuali e reali che generano nuovi orizzonti di senso, la molteplicità delle visioni del mondo, delle credenze religiose e delle concezioni etiche e filosofiche convive all’interno di uno stesso spazio pubblico, imponendo un ripensamento dei fondamenti della convivenza civile e degli strumenti giuridici che ne garantiscono la governance. Alla “fluidità” ‒ per usare l’espressione di Bauman ‒ della contemporaneità contribuisce anche il diffondersi di movimenti religiosi nuovi, alcuni dei quali sono in realtà antichissimi e nuovi solo per l’Occidente, ai quali manca l’elemento della trascendenza, ma che trovano la loro soluzione ultima nell’interiorità della coscienza. Paradigmatico in questo senso è il Buddismo, da alcuni studiosi definito “religione atea” (Hisamatsu). L’Union Bouddhique Belge ha inoltrato dal 2006 la richiesta di riconoscimento come organizzazione filosofica non confessionale e il disegno di legge, nonostante il via libera (17 marzo 2023) del governo belga e il parere positivo del Consiglio di Stato, è ancora fermo in Parlamento, oggetto di vivaci posizioni dialettiche e di ostacoli politici.

Nel panorama religioso sempre più composito, accanto alle fedi tradizionali, le “organizzazioni filosofiche e non confessionali” rappresentano una forma di “religione civile della ragione”, nel senso di un ethos condiviso fondato sulla dignità della persona, sulla libertà di coscienza e sulla responsabilità individuale. A livello internazionale, l’organizzazione di riferimento è la Humanists International, fondata nel 1952 e costituita da associazioni di oltre 60 paesi. Consulente di ONU, UNESCO, UNICEF e Consiglio d’Europa, attraverso il suo ufficio di advocacy europea la Humanists International interloquisce anche con la Commissione Europea, segue i lavori del Parlamento Europeo e agisce all’interno dell’OSCE. In Europa l’European Secularist Network costituisce una rete che riunisce organizzazioni umaniste, razionaliste, laiche, di cultura etica, atee e di libero pensiero.

Considerata la rilevante eterogeneità di tali organizzazioni, categorizzarle in senso monosemico è una sfida inefficace e improduttiva. La stessa definizione di “organizzazione filosofiche e non confessionali” non risulta inclusiva della loro pluralità formale e sostanziale e sembra prima facie escluderle nominalmente dalla qualifica giuridica di “confessioni religiose”. Nel linguaggio anglosassone per il fenomeno non teista si preferisce l’uso dell’espressione “non religious people”, a sua volta opinabile in quanto privilegia il carattere prettamente oppositivo rispetto alle religioni; in Germania è in uso la formula “comunità basate su una concezione del mondo”, nella letteratura francofona e nell’area scandinava si sta da tempo affermando l’uso della formula “organizzazioni di convinzione”, più neutra e comprensiva della variegata molteplicità delle Weltanschauung teiste, non teiste, ateiste. Come ha precisato la Corte Edu, «Considerata isolatamente e nel suo significato ordinario, la parola “convinzioni” non è sinonimo dei termini “opinioni” e “idee” come utilizzati nell’articolo 10 (…) della Convenzione che garantisce la libertà di espressione; si trova nella versione francese dell’articolo 9 (…) (in inglese “beliefs”), che sancisce la libertà di pensiero, di coscienza e di religione. Si applica alle opinioni che raggiungono un sufficiente grado di forza, serietà, coerenza e importanza» (Campbell et Cosans c. Royaume-Uni, 25 febbraio 1982, § 36). In generale le organizzazioni di convinzione odierne sono accomunate da alcuni tratti distintivi: promuovono visioni del mondo antidogmatiche, non religiose, ispirate al razionalismo, all’umanesimo laico o ad altre concezioni etico-filosofiche. Le radici di queste organizzazioni risalgono all’Illuminismo, quando si affermò l’idea che la morale e il diritto potessero fondarsi sulla ragione umana piuttosto che sulla rivelazione divina.

La professione di ateismo, che fino all’Ottocento aveva avuto un carattere soggettivo, circoscritto all’individuale adesione ad un ethos libero da dogmi religiosi, ad una propria ed originale visione del mondo fondata sull’uso critico della ragione, ha assunto nel XIX e XX secolo anche una dimensione collettiva; con la diffusione del libero pensiero, dell’umanesimo laico e del secolarismo, nacquero in Europa e in America le prime associazioni laico-umaniste e di libero pensiero. Esse non perseguivano soltanto fini teorici, ma anche pratici: promuovevano la libertà di coscienza, la separazione tra Stato e Chiesa, l’istruzione laica, l’autonomia della scienza, la tutela dei diritti e delle libertà fondamentali. L’associazionismo laico-umanista si è evoluto, dall’Ottocento ad oggi, da un carattere prevalentemente oppositivo, spesso anticlericale, a obiettivi più propositivi e articolati, con una maggiore diffusione e coordinazione internazionale favorite dalla globalizzazione e dalle nuove forme di comunicazione. Il perseguimento degli obiettivi proattivi si avvale di una serie di attività promosse dalle organizzazioni di convinzione le quali, ad esempio,  offrono sostegno finanziario e legale per iniziative finalizzate alla tutela delle vittime di discriminazioni e persecuzioni per motivi religiosi o di violazioni della laicità dello Stato; istituiscono corsi di formazione per professionisti che prestano assistenza laico-umanista nelle istituzioni segreganti, o che celebrano cerimonie laico-umaniste dedicate ai momenti più significativi della vita (nascita, matrimonio, funerale) e feste laiche della gioventù; vengono organizzati e finanziati eventi scientifici, campagne e iniziative a tutela dei diritti civili, per la piena affermazione della laicità dello Stato, per l’autodeterminazione degli individui nel quadro di una concezione laica, razionale e areligiosa dell’esistenza. 

Il lungo percorso delle organizzazioni di convinzione per approdare nello spazio giuridico internazionale ed europeo

Nello spazio giuridico internazionale l’equiparazione teismo-non teismo è il risultato di un lungo percorso, ancora incompiuto, iniziato dopo il secondo conflitto mondiale e delineatosi in parallelo con l’avanzare dell’età dei diritti. Tale equiparazione permane, in diversi contesti nazionali, prevalentemente sul piano teorico ed è spesso circoscritta alla sola dimensione individuale della libertà di coscienza. Ne consegue una persistente diseguaglianza tra fenomeni teistici e non teistici nella loro dimensione collettiva e associata, diseguaglianza che si riscontra talora anche in ordinamenti che, almeno formalmente, dichiarano di riconoscerne l’equiparazione.

I primi documenti internazionali, tra i quali la Dichiarazione universale dei diritti umani del 1948, considerano la libertà di pensiero, di coscienza, di religione, un triangolo valoriale onnicomprensivo, indubbiamente inclusivo della libertà dalla religione. L’interpretazione estensiva della libertà di religione è stata poi riaffermata nella Convenzione europea dei diritti dell’uomo (1950), nel Patto internazionale sui diritti civili e politici (1966), nella Dichiarazione sull’eliminazione di tutte le forme d’intolleranza e di discriminazione fondate sulla religione o il credo (1981), diventando un leitmotiv in ogni testo le cui disposizioni hanno contribuito ad elaborare standard internazionali di tutela della libertà in materia religiosa. L’esigenza di assicurare da parte degli Stati una “effettiva uguaglianza tra credenti e non credenti” viene esplicitata per la prima volta nel Documento conclusivo della Riunione di Vienna dei rappresentanti degli Stati che avevano partecipato alla Conferenza sulla sicurezza e la cooperazione in Europa (1986), convocata in base alle disposizioni dell’atto finale di Helsinki 1975. Negli anni Novanta si afferma progressivamente un ambito di tutela sempre più nitido; commentando l’art. 18 della Dichiarazione universale dei diritti umani, nel 1993 il Comitato per i diritti umani delle Nazioni Unite precisa che l’articolo 18 protegge le “convinzioni teiste, non teiste e atee”, così come il diritto di “non professare alcuna religione o convinzione” (art. 2). Le belief organisations rientrano dunque nel perimetro definitorio di “minoranza religiosa” e, in quanto tali, sono oggetto di studio in un progetto scientifico curato dal Prof. Silvio Ferrari, l’ “Atlas of Religious or Belief Minority Rights”, finalizzato a fornire un quadro giuridico e sociologico sulla condizione di alcune minoranze nei paesi dell’Unione europea, anche al fine di combattere la discriminazione e favorire lo sviluppo della loro identità (si veda in proposito l’interessante articolo di Silvio Ferrari su questa Rivista).

A livello politico comunitario le organizzazioni filosofiche e non confessionali hanno acquisito visibilità quando il Presidente della Commissione europea Jacques Delors nominò all’interno del gruppo di riflessione Cellule de Prospective, da lui costituito nel 1992, un Responsabile delle relazioni con le comunità di fede e di convinzione. Nello spazio giuridico comunitario esse vengono menzionate per la prima volta (Dichiarazione n. 11 sullo status delle chiese e delle organizzazioni non confessionali), su proposta belga, nel Trattato di Amsterdam, firmato il 2 ottobre 1997 ed entrato in vigore il 1º maggio 1999. La reiterazione, nel 2000, della diade religione/convinzione nella Carta dei diritti fondamentali di Nizza (artt. 10 e 21) conferma la volontà in sede comunitaria di accordare una tutela paritaria ad un ampio ventaglio di concezioni, fideistiche, razionalistiche, filosofiche. A livello istituzionale il dialogo tra le comunità di convinzione e l’Unione europea è stato ufficializzato nel 2009; l’art. 17 del TFUE ha sancito l’obbligo giuridico di mantenere “un dialogo aperto, trasparente e regolare” sia con le Chiese e le associazioni o comunità religiose, sia con le organizzazioni filosofiche e non confessionali.

L’equiparazione giuridica tra le confessioni e le organizzazioni filosofiche e non confessionali si radica su un presupposto logico ineccepibile: esse hanno tutte una base comune, in quanto riflessi di un medesimo prisma, quello delle risposte ai grandi e irrisolvibili interrogativi della vita. Questi riflessi possono essere simili, diversi, opposti, immanenti o trascendenti, a seconda di cosa si intende per religione; ma se tralasciamo il tentativo, destinato a fallire, di circoscrivere tale nozione, potremmo anche affermare che è religioso, come ha sottolineato Ronald Dworkin in Religione senza Dio, lo stupore dinanzi alla vita; stupore che ognuno interpreta e codifica secondo una risposta personale. Chiaramente, l’equiparazione logica non tende ad una loro reductio ad unum in quanto non coincide con una presunta identità, ma sottintende un rapporto di analogia. Significativa è in questo senso l’omissione di un’esplicita definizione dei termini di “religione” e “convinzione” nei documenti normativi, che consente di non circoscrivere la tutela della libertà religiosa a determinate credenze, rivelando in tal senso una volontà non discriminatoria e un’adesione assiologica al principio di laicità. In questa prospettiva le organizzazioni filosofiche non confessionali testimoniano che la laicità dello Stato non implica neutralità indifferente, ma impegno attivo nel garantire a ogni visione del mondo – religiosa o non religiosa – pari dignità e spazio di espressione. È proprio in tale equilibrio dinamico tra libertà di coscienza e riconoscimento istituzionale che il pluralismo può tradursi in autentica convivenza.

L’attività di advocacy delle organizzazioni di convinzione non teiste e atee per la parità di trattamento giuridico con le organizzazioni teiste

Se la libertà religiosa è la libertà di professare la propria convinzione religiosa, areligiosa, irreligiosa in qualsiasi forma, individuale o associata, la professione collettiva dell’ateismo o del non teismo dovrebbe poter godere della stessa tutela prevista per la professione collettiva della fede. Tuttavia, nell’Unione Europea, l’equiparazione dello status giuridico delle organizzazioni filosofiche e non confessionali a quello delle confessioni religiose si rinviene soltanto in un numero limitato di ordinamenti, tra i quali figurano, in particolare, Belgio, Paesi Bassi e Germania. In Belgio, Paese “modello” per l’equiparazione giuridica tra religioni e convinzioni filosofiche, la par condicio a livello di finanziamento pubblico viene costituzionalmente sancita (art. 181); il secolarismo organizzato ha ottenuto uno statuto analogo a quello dei culti riconosciuti con la legge del 21 giugno 2002. Principali organismi rappresentativi della comunità non confessionale in Belgio sono il Centre d’action laïque (CAL), che comprende 27 associazioni comunitarie, e la Unie Vrijzinnige Verenigingen (UVV, dal 2011 ha assunto il nome di deMens.nu), che raggruppa 39 associazioni. Affiliata al CAL di Liegi è la Humanistische Präsenz, costituita nel 1988 nella regione linguistica tedesca. Il Consiglio Centrale laico (CCL) riunisce il CAL e l’UVV ed è l’interlocutore ufficiale con le autorità civili. In Belgio il culto o la concezione filosofica riconosciuti hanno il diritto di avere un certo numero di assistenti morali laici  in istituti penitenziari, spazi radio-televisivi, nominare insegnanti di religione o di etica laica, ricevere da varie autorità sussidi che hanno o non hanno un carattere obbligatorio; è riconosciuta anche un’abitazione o un’indennità di alloggio.

Nella maggior parte degli Stati europei le organizzazioni teiste, non teiste e ateiste si pongono su piani ben distinti. La distinzione si traduce nell’accordare solo a poche confessioni “riconosciute”, a scapito delle altre e delle organizzazioni filosofiche e non confessionali, peculiari diritti, benefici economici, strumenti per penetrare capillarmente nel tessuto sociale e nelle coscienze individuali. Il “riconoscimento” non si traduce infatti solo in una mera posizione di vantaggio economico, ma in numerosi diritti garantiti, tra i quali l’assistenza spirituale nelle comunità separate, la celebrazione di matrimoni con effetti civili, l’insegnamento nelle scuole pubbliche, l’accesso ai servizi radio-televisivi. Si viene dunque a delineare una sorta di gerarchia che subordina la libertà dalla religione alla libertà di religione. Allo scopo di ridurre tale gap, le numerose organizzazioni di convinzione svolgono da oltre trent’anni una serie di attività di advocacy finalizzate ad alcuni obiettivi prioritari, tra i quali: promuovere il secolarismo statale e la laicità delle istituzioni, la separazione tra chiese e Stato, l’imparzialità e il primato del potere civile, la neutralità dello spazio pubblico; incoraggiare norme progressiste in materia bioetica, prassi politiche laicamente orientate, educazione adogmatica nelle scuole pubbliche; promuovere la tutela della libertà di pensiero e di espressione, l’uguaglianza senza distinzione di genere, religione, nazionalità o orientamenti sessuali; incoraggiare l’affiliazione religiosa consapevole, basata sulla libera scelta in età adulta; denunciare le discriminazioni per motivi religiosi, ampliare i diritti di famiglia, sessuali e riproduttivi, affermare il diritto a una morte dignitosa, contrastare l’estremismo religioso, proporre una visione laico-umanista dei valori culturali, sociali ed etici.

In diversi Paesi alcune organizzazioni di convinzione hanno promosso istanze di riconoscimento e di pari trattamento giuridico rispetto alle associazioni di credenti. In Austria il 30 dicembre 2019 la Società religiosa Ateistica (ARG) ha presentato all’Ufficio della Cultura della Cancelleria federale (Kultusamt) la domanda per ottenere lo status di comunità confessionale religiosa registrata. Per l’ARG la definizione di “società religiosa ateistica” non è una contraddizione in termini poiché la religione è, come l’ateismo, una filosofia che aiuta gli esseri umani, anche attraverso pratiche rituali, ad affrontare la vita. In Slovacchia la Chiesa ateistica (Ateistická cirkev neveriacich) ha chiesto il riconoscimento della personalità giuridica con esito negativo. Il caso più emblematico, e pionieristico, è quello dell’Unione degli Atei e degli Agnostici Razionalisti (UAAR), che si trascina in Italia da trent’anni. Nonostante i progressivi riconoscimenti maturati nello spazio internazionale ed europeo, permangono significative asimmetrie tra fenomeni religiosi e non religiosi, soprattutto sul piano collettivo e istituzionale. L’attività di advocacy svolta dalle organizzazioni di convinzione si configura pertanto come uno strumento essenziale per colmare tale divario, riaffermando una concezione sostanziale della laicità fondata sull’eguaglianza, sulla non discriminazione e sul rispetto di tutte le visioni del mondo. In questa prospettiva, il pieno riconoscimento giuridico delle organizzazioni di convinzione non rappresenta un’istanza identitaria o antagonista, ma una condizione necessaria affinché il pluralismo possa tradursi in effettiva convivenza democratica e in pari dignità di credenti e non credenti nello spazio pubblico.

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