Religión no es lo mismo que cultura

Cuestiones de pluralismo, Volumen 3, Número 1 (1er Semestre 2023)
11 de Abril de 2023
DOI: https://doi.org/10.58428/WDYM3048

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Por Mónica Cornejo Valle

Cada vez que las identidades nacionales o regionales se consideran en disputa, estaremos ante un campo fértil para la asimilación estratégica de lo religioso y lo cultural. Sin embargo, esta perspectiva representa un obstáculo grande para el desarrollo de la diversidad y la libertad religiosas.


 

Las religiones no son culturas, ni civilizaciones, pero a mediados de los 90 del siglo XX, en pleno auge de las políticas de identidad, se puso muy de moda asimilar religiones y culturas, y es una idea que sigue vigente en el imaginario popular. Tampoco era una idea nueva ya entonces. La fusión de religión y cultura se ha usado muy a menudo en discursos anti-coloniales, como se puede apreciar en la historia de Oriente Medio, en la que el Islam se ha invocado como aglutinante social frente a la dominación cultural europea. Y también vemos la misma fusión política entre religión y cultura en la historia de India, y en las complejas disputas territoriales con Pakistán, en las que tanto hinduismo como islam se han querido ver como civilizaciones, y no únicamente como religiones. Cada vez que las identidades nacionales o regionales se consideran en disputa, estaremos ante un campo fértil para la asimilación estratégica de lo religioso y lo cultural. Sin embargo, esta perspectiva representa un obstáculo grande para el desarrollo de la diversidad y la libertad religiosas, pues va a asociado a formas particulares de discriminación de las minorías y al rechazo de la libertad religiosa individual.

El imaginario contemporáneo de la asimilación religión-cultura

La obra más popular e influyente en la promoción de la fusión de cultura y religión ha sido “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” de Samuel Huntington (1996). Aunque Huntington intenta distinguir entre religión, cultura y civilización en algunos momentos del libro, lo original de su propuesta consiste precisamente en la idea de que las religiones dominantes en los grandes territorios políticos mundiales son la más afinada expresión de las culturas de esos territorios, lo que para él constituía la clave de la geopolítica del futuro. Combinando religiones y territorios, Huntington propone que las principales civilizaciones en el mundo serían: una sino-confuciana, otra shintoista y japonesa, otra hindú para el subcontinente indio, otra islámica desde el norte de África a Indonesia, otra Occidental cristiana (con una subdivisión ortodoxa para el Este de Europa), otra Latinoamericana católica y sincrética, y una africana entre el animismo y el cristianismo.

Este dibujo de la geopolítica mundial se hizo popular en Europa y especialmente en Norteamérica. No representa bien a las religiones del mundo, ni tampoco su impacto en las relaciones internacionales (nótese la ausencia del laicismo o del budismo, que han tenido un papel relevante en la política internacional), pero este imaginario ha venido sirviendo para justificar la intervención económica, política y militar de occidente sobre el resto del mundo. En el texto de Huntington podemos leer ideas de los 90 y que se han podido oír en boca de políticos y analistas durante décadas, ideas como: “La cultura islámica explica en gran medida la incapacidad de la democracia para abrirse paso en buena parte del mundo musulmán”; o “las (sociedades) que cuentan con herencias cristianas occidentales están progresando hacia el desarrollo económico y una política democrática”.

Por afirmaciones como estas, la obra de Huntington fue muy polémica y en numerosas ocasiones contestada. Naciones Unidas vio en estas ideas un obstáculo más para la ya frágil paz internacional y respondió contra el ideario de Huntington con un programa llamado “Alianza de civilizaciones”. La “Alianza de civilizaciones” fue una propuesta del entonces el presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero en la 59ª Asamblea General de la ONU, el 21 de septiembre de 2004. Sin embargo, aunque era una iniciativa bienintencionada, el cambio de “choque” por “alianza” tan sólo vino a perpetuar la fusión de religión con cultura hasta hoy. Casi 20 años más tarde, estamos en mejores condiciones para observar qué tipo de problemáticas trae consigo esta asimilación.

Formas de discriminación y conceptos de cultura obsoletos

Los problemas para la libertad religiosa derivados de asimilar religión con cultura o civilización dependen fuertemente de cuál sea nuestro concepto de cultura y civilización, unos conceptos que pocas veces se discuten y se hacen explícitos. En la Antropología Social y Cultural, la cultura se considera algo aprendido, compartido y transmitido en el seno de grupos humanos, y eso incluye tanto realidades materiales como ideológicas, lo que hace que nos refiramos al concepto antropológico de cultura como “holístico”. En la actualidad, la UNESCO reconoce que el concepto holístico de cultura enraizado en la tradición antropológica, es el más conveniente para trabajar en contextos de diversidad cultural y promover los valores del pluralismo cultural y religioso, como se reconoce en la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, de 2001. Sin embargo, la comunidad antropológica está de acuerdo en que el concepto técnico usado en Antropología sigue sin ser el más conocido, y tampoco es el más usado hasta ahora en las políticas culturales.

El concepto más extendido de cultura en las sociedades modernas procede de los siglos XVII y XVIII, cuando la idea de “cultivo” comienza a usarse metafóricamente para referirse al cultivo de la mente o el espíritu. La cultura se ha entendido desde entonces de dos maneras que hoy siguen siendo la forma hegemónica en que popularmente se piensa “lo cultural”: (1) en sentido ilustrado y culto, la cultura como el resultado de la formación y la educación, y (2) en sentido folclórico y patrimonial, como acervo popular (material o inmaterial) de la creatividad de un grupo social determinado. Este doble significado del concepto de cultura sigue siendo importante hoy en día porque está en la base de las dos grandes líneas de política cultural que existen históricamente: las políticas educativas y las de protección patrimonial. A través de estas dos líneas de política social, los conceptos originados en el XVIII se han reproducido y extendido hasta hoy, y siguen influenciando nuestra forma de pensar y estar en contextos de diversidad.

Lo “atrasado”

La primera noción de cultura se desarrolla especialmente en el ideario de la Ilustración y representa la convergencia particular de la tradición francesa entre el concepto de civilización y la crítica roussoniana del mismo (Elias, 2001). Este concepto presenta un punto de vista individualista, en el sentido de que decimos que alguien “tiene cultura”, queriendo decir que la ha adquirido mediante la formación, el estudio o la experiencia, de manera que la cultura es un bien que el individuo posee como resultado del propio esfuerzo o talento. Este es un punto de vista problemático porque parece que sólo una forma cultural es legítima (la alta cultura, que incluye las bellas artes, pero también las ciencias) de manera que todas aquellas formas de cultivo del espíritu que no se ajusten al patrón hegemónico podrían ser inmediatamente descartadas, deslegitimadas y discriminadas como atrasadas, “supersticiosas” o incultas.

Si confundimos la religión con la cultura en este sentido ilustrado, podríamos tener una buena actitud para valorar los elementos universales de las confesiones mayoritarias (o incluso del ateísmo y otras convicciones humanistas), porque las podemos considerar conocimiento culto en ciertos sentidos. Pero será una perspectiva prejuiciosa y discriminadora para aquellas comunidades cuyas creencias, instituciones y prácticas no se asimilan a las de la cultura dominante, no viéndose por la mayoría como el pináculo culto de la buena educación, sino como formas de conducta o de creencia incultas, “atrasadas” o desviadas. Por ejemplo, en nuestra sociedad hay una tendencia clara a discriminar todas aquellas instituciones religiosas que no tienen la forma de iglesia, porque esa forma de organización concreta es la que históricamente se ha reconocido popularmente como legítima. Como consecuencia, nos cuesta ver la Umma islámica como institución, por ejemplo, o las clientelas (en religiones de matriz africana y chamanismos) como formas de organización religiosa. A estas tenderemos a verlas como arcaicas y no evolucionadas. Esta era la perspectiva de Huntington respecto a la capacidad política de las comunidades no evangélicas. Es interesante tener en cuenta que este mismo punto de vista (y esta forma de discriminación) está muy extendido en el laicismo y en las posturas antirreligiosas.

Lo “inauténtico”

Un segundo concepto extendido entiende la cultura como el repertorio de productos de la creatividad humana que consideramos más habitualmente como folclore o patrimonio cultural. Esta segunda noción se desarrolla a partir de la ideología nacionalista en la Alemania del siglo XVIII y representa una tendencia esencialista en la representación del espíritu de los pueblos (Volkgeist). Esta es una noción también limitante a la hora de aplicarse a la diversidad religiosa porque aquí la cultura se entiende como una especie de esencia de las naciones. En este caso, si confundimos la religión con la cultura podremos ver y apreciar el estrecho vínculo que algunas formas religiosas mantienen con la identidad étnica o territorial de los creyentes. Esta perspectiva es especialmente popular porque también ha sido históricamente objeto de numerosas agendas políticas, es decir: actores políticos y actores religiosos concretos se alían a menudo para defender la hegemonía de una confesión en un país, por ejemplo. Sin embargo, desde la perspectiva patrimonial de la cultura no podremos valorar y respetar adecuadamente los fenómenos de conversión, la libertad religiosa individual, ni las formas de religiosidad cultural o territorialmente desenraizadas, porque desde este ángulo nos van a parecer inauténticas.

Un ejemplo de este problema lo vemos con la religión sij. Hay un sijismo étnico vinculado a poblaciones originarias del Punyab (un territorio dividido entre India y Pakistán) que siguen esta tradición. Desde el punto de vista patrimonial de la cultura, esta se considera la forma principal (para algunos la única) de sijismo, pero también existe un sijismo no étnico, vinculado a la práctica del yoga kundalini, que no deja de crecer en occidente desde hace unos años y que es el fruto legítimo del derecho de las personas a seguir las creencias y prácticas de su elección. Desde el punto de vista patrimonialista de la cultura y la religión, estos sijs no punyabíes son criticados como falsos sijs, pero ¿acaso no tienen derecho a elegir sus creencias y prácticas religiosas libremente?

Este es un punto crucial: las personas tienen creencias y prácticas (y el derecho a elegirlas libremente) con independencia de cuáles sean las de su territorio de origen o de destino, y también con independencia de si esas creencias son de un origen territorial distinto al de las personas. En este sentido, la mayoría de las personas en España son legítimamente cristianas, aunque Jesús de Nazaret no naciera en Sevilla. Así, una persona musulmana nacida y educada en Europa, de familia cristiana o atea, nacida y educada en Europa, no es menos musulmana que una persona nacida en una familia también musulmana del norte de África. Serán diferentes en muchos aspectos, pero el factor religioso y el cultural no coinciden, y ello no lo hace menos auténtico. Las personas que cambian de confesión respecto a las de sus familias o sus grupos culturales, pueden ser injustamente discriminadas si mantenemos un concepto de cultura limitado y limitante.

Un argumento más: la asimetría de cultura y religión

Además de consideraciones conceptuales como las anteriores, las religiones no deberían confundirse con culturas ni civilizaciones porque los datos son contrarios a esa asimilación. Hay una idea que podemos considerar mentalmente incluso antes de ver los datos objetivos: las grandes religiones ocupan demasiado territorio en el planeta como para ser una única cultura o civilización. Y ahora vemos las cifras: de acuerdo a la encuesta “Global Religious Landscape” del Pew Research Center’s Forum on Religion & Public Life (diciembre, 2012), aunque Oriente medio y Magreb tengan un 93% de población musulmana, ésta sólo representa el 19’8% de la población musulmana mundial. En nuestro imaginario popular, y en los medios de comunicación españoles, el islam se ve y se piensa como algo fundamentalmente unido a lo árabe, pero de los diez países que aportan la mayor población musulmana sólo tres tienen poblaciones árabes significativas (Egipto, Marruecos y Argelia). En realidad, el 61,7% de la población musulmana está en Asia. ¿Deberíamos acaso asimilar el islam a algo como una civilización asiática? No, porque de todas formas no hay coincidencia objetiva entre religión y cultura.

Con el cristianismo y Europa nos pasa algo similar. Aunque Europa tenga un 75% de población cristiana, y el cristianismo sea un elemento significativo de la identidad histórica del continente, los europeos sólo representan el 25,7% del total mundial de los cristianos. De los diez países cristianos de la demografía mundial, solo dos son europeos (Rusia y Alemania), mientras que el resto pertenecen a otros continentes, fundamentalmente a África y América. En este caso es interesante que África, que a menudo se imagina de una forma exótica también en cuanto a lo religioso, tiene casi el doble de cristianos que Norteamérica y tantos como Europa o América Latina.

Otro argumento común para explicitar la asimetría entre religión y cultura lo encontramos en encuestas de opinión que diferencian la confesión y la nacionalidad. En estos casos podemos ver cómo las tradiciones históricas y culturales locales (identificadas a través de la nacionalidad) determinan las prácticas morales y religiosas en mayor grado que la confesión religiosa con la que se identifica la persona. Por ejemplo, en los últimos años se han realizado muchos análisis comparativos relacionados con las distintas formas en que la sexualidad y las políticas sexuales se ven por parte de la ciudadanía. En un informe de esta temática, realizado por el Pew Research Center (2020, “The Global Divide on Homosexuality Persists”), se muestra cómo las actitudes respecto a la homosexualidad no guardan relación alguna con la diferencia confesional entre mayorías católicas y protestantes en países cristianos. Países como Polonia, de mayoría católica, se distancia mucho respecto de países como España o Italia en esta cuestión, mientras que se encuentra más próximo a Hungría o a la República Checa, con quienes no comparte su perfil confesional, pero sí muchos otros elementos históricos y culturales relevantes.

A modo de conclusión

Las religiones tienen una dimensión cultural, sin duda, y las culturas tienen influencias religiosas también, pero ambas cosas están lejos de ser la misma y confundirlas trae consigo la reproducción de problemas de discriminación específicos. Estas formas de discriminación están en parte derivadas del hecho de que la fusión entre religión y cultura ha estado vinculada a agendas políticas particulares, proyectos de identidad nacional o regional que han podido dejar a las minorías religiosas en situación de marginalidad, propagando estereotipos de toda clase. Pero también hay una razón más profunda e inconsciente de estas formas de discriminación, que está asociada al uso de dos ideas de cultura que florecieron en la Europa del siglo XVIII y que nos mantienen pensando a la sociedad actual y la diversidad religiosa contemporánea según parámetros de hace tres siglos. Hacernos conscientes de cómo nos imaginamos lo cultural, y de cómo lo usamos para juzgar lo religioso, es un paso necesario para avanzar en una mejor comprensión de la diversidad, tanto de la cultural como de la religiosa.

Cómo citar este artículo

Cornejo Valle, Mónica, "Religión no es lo mismo que cultura", Cuestiones de Pluralismo, Vol. 3, nº1 (primer semestre de 2023). https://doi.org/10.58428/WDYM3048

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