VERTIENTES DE LA NEUTRALIDAD EDUCATIVA
Pero el propósito de estas líneas, aprovechando un breve paréntesis entre tormentas, es reflexionar sobre el tercer aspecto formal del encaje en nuestro sistema educativo del principio de pluralidad ideológica y la obligada actitud de neutralidad del Estado, y consecuentemente de los docentes encargados de la formación de los estudiantes. Y aquí podríamos hablar de una neutralidad negativa, si se permite la expresión, íntimamente ligada a la imposibilidad del adoctrinamiento en las aulas. Es la neutralidad que señala lo que no se debe enseñar o cómo no se debe enseñar. Implica que toda la acción educadora de los centros públicos y privados sin distinción se sustente exclusivamente en planteamientos rigurosos, objetivos y científicos, y por lo tanto, imparciales, excluyendo del aprendizaje (no del contraste) los que no lo son, sin adoctrinamientos y fomentando un espíritu crítico.
Pero, además, la neutralidad educativa tiene sus límites. No cabe neutralidad ante todo. Hay neutralidad ante opciones particulares de todo tipo, desde políticas a estéticas, pero no puede ni debe haber neutralidad ante lo que compartimos, o debemos compartir, todos los seres humanos. Así lo hemos acordado en la Carta de Derechos Humanos a la que está adherido nuestro país. Y en ese sentido, y solo en ese, el sistema educativo no es neutral, ni busca, ni puede serlo en el estudio de la desigualdad extrema, la misoginia o el racismo institucionalizados, por poner solo algunos ejemplos.
Y eso nos lleva a otra vertiente de la neutralidad educativa, una neutralidad positiva, que es la que no solo permite, sino la que obliga al sistema educativo a proporcionar a todos nuestros estudiantes, sin excepción, un conocimiento objetivo de nuestras normas y principios de convivencia e, incluso, promover en ellos la adhesión crítica a los valores sobre las que estas se sustentan. Como señalaba el filósofo Fernando Savater hace más de treinta años en El valor de educar, se trata de enseñar el propio sistema democrático, pero de una manera muy especial, “con la mayor persuasión didáctica compatible con el espíritu de autonomía crítica”. Aquí no caben las Conversaciones sobre cosas importantes que relatan David Borenstein y Pavel Talankin en su reciente y reconocido documental Mr. Nobody contra Putin.
Esa neutralidad positiva, que se debe expresar de forma transversal en todas las áreas, cuenta en nuestro ordenamiento también con una forma específica en el diseño curricular, en las materias destinadas a adquirir una competencia ética y ciudadana, diseñadas con el objetivo de asegurar ese derecho de los estudiantes a recibir una formación integral que contribuya al pleno desarrollo de su personalidad y el respeto a los derechos de los demás que establece nuestra legislación. Se trata de “pertrechar a niños y jóvenes también de razones y ayudarles a ponderar cuáles son más poderosas, de forma que puedan ir decidiendo por su cuenta”, como señalaba Adela Cortina en Los valores de una ciudadanía activa.
Y esta neutralidad entendida en ese doble sentido, qué no puede hacer el Estado y qué sí debe hacer en la formación de niños y jóvenes, se ha puesto en entredicho en los últimos tiempos, en ocasiones con gran virulencia, por efecto de la polarización, en un momento, como se ha señalado, especialmente delicado para los centros docentes. Porque en el espacio educativo, esta polarización, lejos de ayudar en la definición y resolución de los problemas de gestión de la pluralidad en un escenario nuevo, con mayor diversidad religiosa e incremento notable de la secularización, añade una dificultad que puede llegar a imposibilitar el encauzamiento correcto de los mismos. Y como veremos, afecta tanto al correcto desarrollo del currículo como a la vida diaria de los centros.