La no-religión: una realidad transversal con lógicas diferenciadas
Históricamente, las diferencias entre religión y no-religión se han transparentado en su cruce con las variables sociodemográficas principales, como se confirma una vez más en el BREC. En sus resultados, se muestra que la no-religión se encuentra más concentrada en la izquierda del espectro ideológico, y su presencia es divergente entre las distintas Comunidades Autónomas de España. Entre las distintas variables, la edad y el género han constituido dos de los ámbitos fundamentales para comprender la no-religión. En su reciente artículo, Mar Griera subraya la relevancia de ambos factores para interpretar el BREC; una importancia que no solo es rastreable en el fenómeno de la no-religión, sino que el estudio específico de este grupo ofrece vectores esenciales para descifrar la realidad sociorreligiosa de España desde el género y las dinámicas intergeneracionales.
Respecto a la edad, continúan haciéndose palpables las diferencias en la adscripción religiosa por generaciones. Mientras que las opciones no-religiosas son escogidas por el 33% de las personas mayores de 65 años, superan el 61% entre los de 18-24 años. Además, en los resultados se pone de manifiesto la importante erosión en los parámetros más importantes que han definido históricamente a la socialización católica. Cada generación ha transmitido estas prácticas con menor intensidad a las siguientes. No sólo eso, sino que en general en toda la población, pero de modo particular entre el sector más joven, se percibe una acentuada voluntad de cortar con estos elementos que han caracterizado la transmisión religiosa, esencial para la reproducción social de la religión.
Sin embargo, no se puede leer esta situación descrita desde una visión unilineal, en la que la religión necesariamente pierde gradualmente intensidad a través de las generaciones, hasta el apagamiento definitivo. De un lado, desde una perspectiva comparada con estudios precedentes, como los del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), ciertamente los jóvenes se autoidentifican menos con una religión que los más mayores, pero éstos -a su vez- también arrojan cifras más evidentes de secularización que en análisis previos, mostrándonos que el tópico de la no-religión como cuestión ligada a la juventud no es ajustado y que -por tanto- en el continuado transitar entre generaciones también va avanzando el proceso de secularización.
Por otro lado, en lo relativo a la transmisión intergeneracional de la religión, el diagnóstico de una disolución progresiva —si bien se confirma a nivel macro— requiere ser matizado. Si atendemos a las diferencias entre quienes participaron en los distintos elementos considerados a este respecto (bautismo, primera comunión u otros ritos equivalentes, etc.), se observa un acusado descenso en los ritos: en el caso del bautismo (o análogos), la diferencia entre quienes lo recibieron y quienes lo elegirían para sus hijos alcanza el –44%; para la primera comunión (o similares), el –47%. A ello se suma la caída en la elección de la asignatura de religión, que registra un descenso del –48%. Menos intensa es la contracción en la “educación familiar religiosa” (-7%) o para la educación en escuelas con ideario religioso (20%), que descienden de forma más moderada, y que nos habla también de la importancia que la población sigue otorgando a la religión en el proceso educativo más allá de los cauces rituales.
A esto hemos de añadir que entre los no-religiosos hay porcentajes que desean continuar con alguno de los elementos de esta socialización (por ejemplo, el 20% de los agnósticos indican que han realizado o que realizarían los ritos de introducción a la religión con sus hijos). Y en cuestiones como la educación religiosa o las escuelas con orientación religiosa hay porcentajes significativos de no-religiosos que no se decantan por un claro sí o no, ubicándose en la ambigua -y abierta- respuesta del “no sabe” (un 15% de los agnósticos y un 14% de los indiferentes escogen esta opción a la hora de responder si llevarían o han llevado a sus hijos a una escuela con orientación religiosa).
Se evidencia, así pues, la transición desde una socialización religiosa ritualizada y pautada por la tradición hacia formas más flexibles de sentido, en las que los hijos tienen más margen de elección y las familias exploran repertorios menos ligados a los contenidos doctrinales, aunque las instituciones religiosas tampoco desaparecen como actores en el proceso de educación de las futuras generaciones.
En cuanto al género, el BREC a priori confirma un patrón reiterado por la sociología: a nivel religioso, las mujeres siguen declarando más creencias y prácticas que los hombres. Pero nos matiza de forma importante el viejo cliché de la “feminización de la religión”: mientras que las mujeres de más edad sostienen en mayor medida la práctica religiosa clásica, amplios sectores entre la población femenina -y particularmente entre las jóvenes- experimentan con formatos híbridos de espiritualidades al margen de las instituciones religiosas.
De hecho, aunque las mujeres entre 18 y 24 años continúan declarando tener creencias religiosas con mayor intensidad que los hombres (39% de mujeres frente a 26% de hombres), las jóvenes se identifican menos con una religión (29%) que los varones de la misma edad (42%). Este es un dato interesante, ya que entre las generaciones más jóvenes se evidencia que la brecha de género se ha revertido claramente en cuanto a la autoidentificación religiosa (no así con las creencias), situación que encuentra concomitancias con otros contextos del área occidental, y que nos introducen en una línea de reflexión que, a buen seguro, estará presente en los debates en sociología de la religión de los próximos años.
De la lectura combinada de estas dos variables puede afirmarse que la no-religión tiende a transversalizarse socialmente. Si bien este proceso podría interpretarse, a primera vista, como un indicio de profundización de la secularización, conviene recuperar las matizaciones señaladas hasta el momento. Aunque persisten diferencias generacionales significativas, ello no implica una ruptura total de los procesos de transmisión religiosa, que, más allá de las prácticas recogidas por el BREC, incluyen dinámicas informales y relacionales que no siempre resultan fácilmente rastreables desde el punto de vista estadístico. Por otra parte, si en términos agregados los hombres se identifican en mayor medida como no religiosos que las mujeres, una lectura por edades revela un escenario en transformación entre las generaciones más jóvenes.
Estas claves, leídas de manera conjunta y en diálogo con los barómetros del CIS, contribuyen a comprender el aumento en el porcentaje de jóvenes que se autoidentifican como católicos desde el año 2020, especialmente entre los varones. En este sentido, el conjunto de realidades que recoge el BREC —en lectura comparada con otras fuentes— nos permite inferir que, si bien la panorámica general apunta a la continuidad del proceso de secularización, éste podría encontrarse actualmente en una suerte de impasse, cuestionando —una vez más— el habitual planteamiento lineal del fenómeno.